Un castillo sangriento, un comensal gordo, el ruido roto por un silencio que abre
un reflejo, grandes avenidas, sonidos que se organizan para llegar sólo a mí.
El aire se corta, un libro se extiende y en todo estás tú, pero no te encuentro
Hélène, dulce, altiva, ausente.
Yo también desaparezco para entrar en la ciudad que nos habita, tomo sus calles
sus plazas me recorren y mi paredro toma mi voz.
Eso lo pensaste tú, cuando ella soñó que nos encontramos entre golondrinas y anécdotas,
entre párrafos enredados, tejidos de humo, vino y el arte que forma nuestra ciudad,
la que está en nuestros corazones guardados en casilleros, o en el corazón que aquel comió en el parque.
Basilisco es la palabra que no recordaba, porque un día escapó de mi lengua,
entró a la ciudad, me acompañó destruyendo para después armarla otra vez, amarla otra vez,
y regresó en un restaurante, en año nuevo, en una coincidencia de aire, sonidos y comida sin apetito.
Luego un hotel y ella que no es Hélène. Ella que me encuentra del otro lado del canal de la mancha, pero aún en la ciudad.
Viena, París, Leicester, Buenos Aires, nuestra ciudad puerto, ciudad barrio, suburbio, metropolis; aceras gigantes y calles anchas, espirales. Caminos que se miden en kilometros y recorridos compuestos de minutos.
Cualquier cosa pasa en la ciudad, inadvertida por todos.
Animada por unos cuantos que se dejan vivir por ella; nada pasa hasta que tú, él, o algún paredro son capaces de contarnos algo porque lo han visto,
yo lo he visto cuando no pasa nada y cuento una madeja que no se teje, se desenreda, para alcanzarnos en cualquier rincón de la ciudad.
Pero regreso, siempre y en todo a Hélène, al final de un párrafo, el dibujo cerrándose perfecto,
Hélène.
miércoles, marzo 05, 2008
Publicado por M. Larsen en 8:31:00 p. m.
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